jueves, 25 de junio de 2026

Zelenski: el crepúsculo de un liderazgo forjado en la adversidad


 

Cuatro años de guerra han erosionado el liderazgo de Volodimir Zelenski y hoy mantiene fuertes disputas con Polonia y Bielorrusia además del conflicto inconcluso con Rusia, mientras la legitimidad de su gobierno es puesta en duda.

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Buenos Aires - En el umbral de un conflicto que ya supera los cuatro años, la trayectoria de Volodímir Zelenski ilustra con crudeza las paradojas inherentes a toda guerra prolongada: cómo el símbolo unificador de la resistencia nacional puede verse erosionado por el peso inexorable del desgaste, las fracturas internas y las complejidades de una geopolítica implacable. El antiguo comediante que en 2019 encarnó la esperanza de renovación anticorrupción y paz en el Donbás se ha convertido, para muchos, en el emblema de una Ucrania asediada; sin embargo, en 2026, su liderazgo enfrenta cuestionamientos que trascienden el campo de batalla y ponen a prueba la resiliencia misma del Estado ucraniano.

La unidad nacional que caracterizó los primeros compases de la invasión rusa de febrero de 2022 fue, sin duda, el principal baluarte de Zelenski. Aquella cohesión inédita permitió que un país históricamente fragmentado se presentara ante el mundo como un bloque monolítico en defensa de su soberanía. No obstante, como advierten los analistas de conflictos prolongados, las guerras de atrición tienden a desvelar fisuras que la urgencia inicial mantenía latentes. La movilización continua de recursos humanos, el estancamiento económico, las pérdidas humanas y la fatiga derivada de una incertidumbre estratégica han comenzado a socavar esa unidad primigenia.

En este contexto adquiere particular relevancia el debate en torno a la legitimidad constitucional del mandato presidencial. Los críticos, entre ellos voces afines a Moscú y ciertos sectores opositores internos, sostienen que el término formal de Zelenski expiró en mayo de 2024, configurando una anomalía democrática. La posición oficial de Kiev, avalada por la mayoría de los gobiernos occidentales y por eminentes constitucionalistas, invoca la Constitución ucraniana y la legislación sobre ley marcial, que prohíben expresamente la celebración de comicios nacionales en tiempo de guerra. Como ha reiterado el propio Zelenski, “permitan un alto el fuego de al menos 60 días y celebraremos elecciones”; una condición que subraya la imposibilidad práctica de un proceso electoral bajo bombardeos constantes y con millones de desplazados y soldados en el frente.

Expertos como Anton Hrushetskyi, director del Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS), han destacado que, si bien Zelenski mantiene niveles de confianza significativos —alrededor del 60% en encuestas recientes—, este respaldo es más bien funcional, ligado a su rol de líder bélico, que personal o incondicional. Solo una minoría de quienes lo apoyan desearía verlo continuar en el cargo tras la guerra, lo que refleja un anhelo generalizado de renovación política una vez restablecida la paz.

La situación militar refuerza esta dinámica de desgaste. Aunque Ucrania ha exhibido una notable capacidad innovadora —con ataques de drones de largo alcance contra infraestructuras rusas y el desarrollo de una industria de defensa propia—, la realidad estratégica dista de los optimismos iniciales. Rusia mantiene ventajas demográficas, industriales y territoriales sustanciales en una guerra de desgaste donde la reposición de efectivos y la producción militar resultan decisivas. Las discusiones sobre la ampliación de la movilización y la rebaja de la edad de reclutamiento evidencian las tensiones estructurales que enfrenta Kiev.

La dependencia de la ayuda occidental constituye otro pilar vulnerable. Si en Europa la solidaridad oficial permanece intacta —con el Consejo Europeo reafirmando su apoyo político, económico y el compromiso con la adhesión ucraniana a la UE—, fisuras cada vez más notorias emergen en la práctica. Ninguna tan emblemática como la crisis con Polonia, aliado estratégico de primer orden.

Las relaciones polaco-ucranianas han estado históricamente marcadas por memorias contrapuestas, particularmente los trágicos acontecimientos de Volinia y Galicia Oriental entre 1943 y 1944, donde unidades del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) perpetraron matanzas contra población civil polaca —calificadas por Varsovia como genocidio— mientras que, para sectores del nacionalismo ucraniano, representan una lucha por la independencia frente al yugo soviético. Durante los primeros años de la invasión, ambas partes optaron por relegar estas diferencias en aras de la supervivencia común. Polonia se erigió en centro logístico fundamental, acogió a millones de refugiados y proveyó armamento crucial.

La ruptura se produjo en mayo de 2026, cuando Zelenski otorgó un título honorífico a una unidad militar asociada simbólicamente con la tradición del UPA. La reacción polaca fue fulminante: el presidente Karol Nawrocki revocó la Orden del Águila Blanca concedida a Zelenski, la más alta distinción estatal, generando la crisis diplomática más grave desde el inicio del conflicto. Zelenski devolvió la condecoración, y altos funcionarios ucranianos, incluyendo ex presidentes, siguieron su ejemplo. El primer ministro Donald Tusk advirtió que esta disputa solo beneficia a Rusia y llamó a la contención, mientras encuestas revelan un deterioro notable de la imagen de Ucrania entre la opinión pública polaca, influida también por el cansancio con los refugiados y disputas agrícolas.

Como señaló el presidente polaco, “glorificar al UPA proporciona oxígeno a la propaganda rusa”. Analistas coinciden en que, si bien no implica el cese del apoyo militar, esta controversia expone los límites de la solidaridad cuando colisiona con identidades históricas profundamente arraigadas.

En el flanco norte, las tensiones con Bielorrusia alcanzan cotas preocupantes. Zelenski ha acusado públicamente al régimen de Aleksandr Lukashenko de facilitar operaciones rusas mediante estaciones de retransmisión y apoyo logístico para drones. Kiev ha exigido el desmantelamiento de estas instalaciones, amenazando con acciones directas si no se cumplen. Minsk, principal aliado de Moscú, ha evitado hasta ahora una implicación masiva, pero presiones rusas para una mayor integración militar aumentan el riesgo de escalada y de un nuevo frente, lo que supondría una carga intolerable para las fuerzas ucranianas.

En el plano transatlántico, la relación con Estados Unidos ha adquirido un cariz más transaccional bajo la administración Trump. Aunque Washington mantiene cierto respaldo, las negociaciones son constantes y condicionadas, con pausas en entregas y un enfoque prioritario en un acuerdo negociado. Trump ha presionado por un cese rápido de hostilidades, a veces cuestionando la legitimidad de Zelenski por la ausencia de elecciones, lo que añade incertidumbre al flujo de asistencia.

Con la Unión Europea, el panorama es más constructivo, aunque no exento de desafíos: persisten interrogantes sobre los costes de la adhesión, la corrupción endémica y la reconstrucción de un país devastado. Expertos advierten que la fatiga de guerra en Occidente y los escándalos de corrupción en el entorno de Zelenski —aunque él mismo no esté directamente implicado— erosionan la percepción de Kiev como socio confiable.

Zelenski conserva un reconocimiento internacional indudable como rostro de la resistencia. Pero gobierna un Estado sometido a presiones extraordinarias: debe sostener la cohesión interna frente a cuestionamientos sobre su mandato, una guerra de desgaste contra una potencia superior, la unidad de aliados cada vez más exigentes, tensiones históricas con Polonia que amenazan la narrativa identitaria ucraniana y el riesgo de escalada con Bielorrusia. Como observa el analista Mick Ryan, Ucrania ha evolucionado hacia un actor más autónomo, pero la sostenibilidad de su esfuerzo depende de equilibrar estos frentes simultáneos.

La gobernabilidad ucraniana se decidirá en la interacción de estos vectores. Si el conflicto se prolonga sin avances decisivos, las tensiones internas y externas se agudizarán. Si, en cambio, se abre una vía negociada que estabilice el frente y ofrezca horizontes de reconstrucción, Zelenski podría recuperar iniciativa. En esta encrucijada histórica, su desafío no se limita a resistir a Rusia: consiste en preservar la unidad de una nación exhausta, la confianza de socios fatigados y la legitimidad democrática en medio de corrientes históricas, geopolíticas y constitucionales turbulentas. De su capacidad para navegarlas dependerá no solo su legado personal, sino el destino de la Ucrania que emerja de la guerra.

 

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