La presidenta electa hereda un país
dividido en dos mitades casi irreconciliables, una economía que conserva
fortalezas estructurales pero acusa el desgaste de una década de inestabilidad
política, un Congreso donde deberá construir mayorías permanentes y una
sociedad que observa su regreso al poder con una mezcla de esperanza, temor y
profundo escepticismo.
Contenido:
Buenos
Aires - Veintiséis años después de la caída del régimen encabezado por su
padre, el apellido Fujimori vuelve a instalarse en el Palacio de Gobierno de
Lima. La victoria de Keiko Fujimori en las elecciones presidenciales de 2026
constituye uno de los acontecimientos políticos más trascendentes de la
historia reciente del Perú. No solamente representa el retorno al poder de la
fuerza política más influyente de las últimas tres décadas, sino también el
cierre provisional de un ciclo político marcado por la fragmentación
institucional, la sucesión ininterrumpida de presidentes, la erosión de la
confianza ciudadana en las instituciones democráticas y el agotamiento del
denominado antifujimorismo como principal factor ordenador de la política
peruana.
La
confirmación oficial de los resultados por parte de la Oficina Nacional de
Procesos Electorales, tras un escrutinio excepcionalmente prolongado debido a
la estrechísima diferencia entre los dos candidatos, puso fin al proceso
electoral, aunque no consiguió clausurar la controversia política. Roberto
Sánchez continúa denunciando irregularidades en el procesamiento de las actas
provenientes del exterior y rechaza reconocer la legitimidad política de la
nueva mandataria. Las autoridades electorales, sin embargo, rechazaron todas
las impugnaciones presentadas y ratificaron la victoria de la candidata de
Fuerza Popular.
La
diferencia final apenas superó los cuarenta y nueve mil votos sobre más de
dieciocho millones de sufragios válidos emitidos. Pocas veces en la historia
republicana peruana un gobierno comenzó su mandato con una legitimidad jurídica
tan sólida y una legitimidad política tan discutida.
Paradójicamente,
la propia Keiko Fujimori es plenamente consciente de esa contradicción. Su
victoria no expresa una adhesión mayoritaria al proyecto político del
fujimorismo sino el resultado de una sociedad profundamente polarizada que
continúa votando más contra sus adversarios que a favor de quienes finalmente
resultan elegidos.
La
presidenta electa llega al poder después de cuatro intentos presidenciales
distribuidos a lo largo de quince años. Perdió frente a Ollanta Humala en 2011,
frente a Pedro Pablo Kuczynski en 2016 y frente a Pedro Castillo en 2021.
Durante todo ese período el denominado antifujimorismo consiguió articular una
heterogénea coalición integrada por sectores liberales, izquierdistas,
centristas e incluso conservadores que compartían una única prioridad: impedir
el regreso al poder del movimiento fundado por Alberto Fujimori. Esa coalición
terminó desintegrándose bajo el peso de la propia crisis política peruana.
Los
sucesivos gobiernos que sucedieron al mandato de Ollanta Humala fueron
incapaces de reconstruir la confianza ciudadana. Pedro Pablo Kuczynski terminó
renunciando acosado por el Congreso. Martín Vizcarra fue destituido mediante la
discutida figura de la incapacidad moral permanente. Manuel Merino apenas
permaneció algunos días en el poder antes de verse obligado a dimitir por una
intensa movilización social. Francisco Sagasti condujo una transición precaria.
Pedro Castillo protagonizó un fallido intento de autogolpe antes de ser
destituido y encarcelado. Dina Boluarte gobernó bajo niveles históricamente
bajos de aprobación mientras enfrentaba graves protestas sociales y denuncias
por el uso excesivo de la fuerza.
En
apenas una década el Perú conoció nueve presidentes. Ese extraordinario
deterioro institucional modificó profundamente las prioridades del electorado. El
principal problema dejó de ser la memoria del régimen de Alberto Fujimori para
convertirse en la incapacidad del Estado de garantizar orden, estabilidad y
seguridad.
El
politólogo José Incio ha sostenido que el antifujimorismo dejó de funcionar
como identidad política dominante porque las nuevas generaciones comenzaron a
valorar con mayor intensidad las promesas de estabilidad que las advertencias
sobre el pasado autoritario del país. En una línea semejante, Ricardo Cuenca
interpreta la victoria de Fujimori como el producto del agotamiento colectivo
frente a años de incertidumbre permanente. Para una parte considerable del
electorado, la candidata dejó de representar el mayor de los riesgos para
convertirse en el mal menor.
No
significa que la sociedad peruana haya reconciliado su relación con el legado
político de Alberto Fujimori. Muy por el contrario. La figura del antiguo
presidente continúa dividiendo profundamente a la opinión pública.
Para
millones de peruanos continúa siendo el dirigente que derrotó militarmente a
Sendero Luminoso y al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, estabilizó una
economía devastada por la hiperinflación y sentó las bases del extraordinario
crecimiento económico experimentado por el país durante las décadas siguientes.
Otros
millones sigue siendo el responsable del autogolpe de 1992, de graves
violaciones a los derechos humanos, del control político del Poder Judicial,
del Congreso y de los medios de comunicación, así como del gigantesco entramado
de corrupción organizado alrededor de Vladimiro Montesinos. Keiko Fujimori
carga inevitablemente con ambas memorias.
Durante
toda la campaña reivindicó los logros económicos y de seguridad alcanzados por
el gobierno de su padre, pero procuró distanciarse de sus prácticas
autoritarias. Prometió respetar plenamente el orden constitucional, fortalecer
la institucionalidad democrática y combatir simultáneamente la corrupción y la
criminalidad organizada. El desafío consiste precisamente en convencer de esa
promesa a una sociedad extraordinariamente desconfiada.
Diversas
encuestas realizadas durante la campaña mostraban que la imagen negativa de
Fujimori continuaba superando ampliamente a su imagen favorable. Ningún
presidente peruano reciente ha llegado al poder arrastrando semejantes niveles
de rechazo social. La paradoja no deja de ser notable.
Nunca
antes había conseguido ganar una elección presidencial, pero probablemente
nunca antes había despertado tan pocas expectativas positivas entre quienes
finalmente terminaron votando por ella. La explicación se encuentra menos en la
fortaleza del fujimorismo que en la extraordinaria fragmentación del sistema
político peruano. La primera vuelta electoral dejó un dato revelador. Keiko
Fujimori apenas obtuvo alrededor del diecisiete por ciento de los votos
válidos, convirtiéndose en la candidata más votada dentro de un universo de
treinta y cinco postulantes presidenciales. Roberto Sánchez alcanzó apenas el
doce por ciento. Entre ambos reunieron menos de un tercio del electorado.
En
cualquier otro sistema político semejante resultado habría sido interpretado
como una evidencia de extrema debilidad. En el Perú contemporáneo constituye,
por el contrario, una demostración del grado de atomización alcanzado por la
representación política.
La
desaparición práctica de los grandes partidos nacionales produjo un escenario
donde casi todas las organizaciones políticas poseen liderazgos personalistas,
escasa implantación territorial y estructuras extremadamente frágiles. Los
gobiernos llegan al poder sin bases parlamentarias suficientemente sólidas y
deben negociar permanentemente con agrupaciones cuya cohesión interna suele
modificarse en cuestión de meses. Ese fenómeno constituye probablemente el
mayor desafío institucional que enfrentará la nueva presidenta. La victoria
electoral no significa el final de la crisis política peruana. En muchos
aspectos apenas inaugura una nueva etapa de la misma.
La
sociedad permanece dividida casi exactamente por mitades. El mapa electoral
reproduce antiguas fracturas territoriales entre Lima y las regiones andinas,
entre la costa y el interior, entre los sectores urbanos relativamente
integrados a la economía formal y amplias zonas rurales donde el Estado
continúa siendo una presencia extremadamente limitada. La legitimidad
territorial del nuevo gobierno también presenta claroscuros.
Aunque
Fujimori terminó imponiéndose en el resultado nacional gracias al decisivo
respaldo obtenido entre los peruanos residentes en el exterior, dentro del
territorio peruano la distribución del voto volvió a mostrar una geografía
profundamente fragmentada. Las regiones del sur andino continúan siendo
particularmente refractarias al fujimorismo, mientras la costa central y norte
volvió a convertirse en uno de sus principales bastiones electorales.
Esa
fractura geográfica trasciende las preferencias partidarias. Expresa modelos
distintos de desarrollo económico, percepciones diferentes acerca del Estado y
memorias históricas frecuentemente incompatibles. Gobernar ese país exigirá
algo más complejo que administrar una mayoría parlamentaria. Exigirá
reconstruir una comunidad política cuya cohesión viene deteriorándose desde
hace más de una década. Y esa será probablemente la prueba más difícil del
segundo fujimorismo.
Gobernar
con una minoría política: el verdadero desafío de Keiko Fujimori
Si
la victoria electoral de Keiko Fujimori puso fin a una larga espera personal de
quince años, el ejercicio efectivo del poder comenzará inmediatamente bajo
condiciones que distan mucho de ser favorables. El mayor desafío de su
administración no será la oposición de la izquierda ni la persistencia del
antifujimorismo. Su principal problema será construir gobernabilidad en un
sistema político cuya característica dominante ha dejado de ser la
confrontación ideológica para convertirse en la fragmentación institucional.
El
dato que mejor resume esa realidad suele quedar eclipsado por el resultado del
balotaje. Fujimori llega a la Presidencia después de haber obtenido apenas
alrededor del diecisiete por ciento de los votos en la primera vuelta. Aunque
ese porcentaje fue suficiente para encabezar una competencia
extraordinariamente atomizada, revela que la nueva mandataria parte de una base
política reducida. Su victoria definitiva en la segunda vuelta respondió mucho
más a la lógica del rechazo hacia Roberto Sánchez que a una adhesión
mayoritaria a su programa de gobierno. Esa circunstancia condicionará toda su
administración.
En
los sistemas presidenciales latinoamericanos resulta relativamente frecuente
que un mandatario llegue al poder sin mayoría legislativa. Lo excepcional en el
caso peruano es que el presidente tampoco dispone de un respaldo social
consolidado capaz de compensar esa debilidad parlamentaria. La legitimidad
electoral existe y nadie puede discutirla desde el punto de vista jurídico. La
legitimidad política, en cambio, deberá construirse diariamente mediante
resultados tangibles. La experiencia reciente del Perú constituye una
advertencia permanente.
Desde
la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski en 2018, prácticamente ningún presidente
consiguió ejercer plenamente el mandato para el que había sido elegido. La
figura constitucional de la vacancia por incapacidad moral permanente terminó
convirtiéndose en un instrumento de presión política que alteró profundamente
el equilibrio entre el Poder Ejecutivo y el Congreso. Lo que originalmente
aparecía como un mecanismo excepcional de control terminó utilizándose como una
herramienta ordinaria para resolver conflictos políticos. Ese precedente
condicionará inevitablemente la conducta del nuevo gobierno.
No
obstante, existen diferencias importantes respecto de los presidentes que la
precedieron. Diversos analistas, entre ellos Ricardo Cuenca y José Incio,
coinciden en que Keiko Fujimori enfrenta un riesgo institucional inferior al
que afrontaron Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra o Pedro Castillo. La
razón es sencilla. A diferencia de aquellos mandatarios, Fujimori no gobernará
frente a un Congreso estructuralmente hostil.
Fuerza
Popular no contará con una mayoría propia capaz de imponer unilateralmente su
agenda legislativa. Sin embargo, dispondrá de la bancada más numerosa y, sobre
todo, de una extensa experiencia negociadora acumulada durante más de una
década de intensa actividad parlamentaria. Ninguna otra organización política
peruana posee semejante capacidad para construir alianzas coyunturales. La
propia evolución del sistema político favorece esa posibilidad.
El
Congreso peruano ha experimentado una profunda transformación desde comienzos
de la década. La reinstauración de la bicameralidad modifica nuevamente los
incentivos de la negociación política. El nuevo Senado adquiere un peso
considerable dentro del proceso legislativo y concentra facultades
institucionales particularmente relevantes para la estabilidad gubernamental.
En ese escenario, la capacidad de tejer acuerdos transversales adquiere un
valor incluso mayor que la simple acumulación de escaños.
Keiko
Fujimori conoce mejor que ningún otro dirigente peruano el funcionamiento
interno del Parlamento.
Durante
años fue acusada precisamente de ejercer desde el Congreso una influencia
desproporcionada sobre la vida política nacional. Sus adversarios la
responsabilizan de haber impulsado la estrategia de confrontación que terminó
precipitando la caída de varios presidentes. Sus partidarios sostienen, por el
contrario, que aquella actuación respondió a la necesidad de controlar
gobiernos débiles e incapaces de combatir la corrupción.
Sea
cual fuere la interpretación, existe un hecho difícilmente discutible. La
futura presidenta comprende con precisión las dinámicas parlamentarias que
desestabilizaron a sus predecesores. Esa experiencia puede convertirse
simultáneamente en su mayor fortaleza y en su principal riesgo. Fortaleza,
porque probablemente evitará reproducir errores que terminaron aislando
políticamente a otros presidentes. Riesgo, porque buena parte de la sociedad
teme que el fujimorismo reproduzca desde el Ejecutivo la misma concentración de
poder que históricamente ejerció desde el Legislativo. La cuestión trasciende
la mera aritmética parlamentaria.
Lo
que verdaderamente estará en juego será la capacidad del sistema político para
abandonar la lógica permanente de la confrontación institucional.
Durante
los últimos años, el Perú vivió inmerso en un conflicto casi permanente entre
los poderes del Estado. Presidentes y congresistas actuaron frecuentemente como
adversarios irreconciliables antes que como instituciones obligadas a cooperar
dentro del marco constitucional. Esa dinámica paralizó reformas fundamentales,
debilitó la confianza de los inversores y alimentó una creciente frustración
ciudadana hacia el conjunto de la clase política. La nueva administración tiene
la oportunidad de modificar esa tendencia. Pero también enfrenta la tentación
de profundizarla. La estabilidad dependerá, en buena medida, de la composición
del primer gabinete ministerial.
En
las democracias parlamentarias el gabinete constituye una prolongación natural
del gobierno. En el Perú contemporáneo se ha convertido además en una señal
política dirigida a los mercados, al Congreso y a la comunidad internacional.
Los
mercados financieros observarán especialmente la continuidad de la autonomía
del Banco Central de Reserva, el respeto por la disciplina fiscal y la
preservación del modelo de economía social de mercado que permitió al Perú
convertirse durante más de dos décadas en una de las economías más estables de
América Latina. En ese aspecto, la presidenta electa parece haber comprendido
el mensaje.
Durante
toda la campaña evitó cualquier planteamiento que pudiera interpretarse como
una ruptura con el consenso macroeconómico construido desde comienzos del siglo
XXI. Por el contrario, prometió fortalecer la inversión privada, garantizar la
seguridad jurídica, acelerar las asociaciones público-privadas, simplificar la
burocracia administrativa y preservar la independencia de las principales
instituciones económicas.
La
reacción inicial del sector empresarial ha sido moderadamente favorable. No
responde únicamente a afinidades ideológicas. También refleja el convencimiento
de que un gobierno encabezado por Fujimori ofrecerá mayor previsibilidad
regulatoria que las alternativas representadas por la izquierda radical. Esa
percepción constituye uno de los principales activos políticos con los que
inicia su mandato.

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