martes, 20 de enero de 2026

El Rey Mohammed VI se integra como miembro fundador al Consejo de Paz sobre Gaza y refuerza la importancia de Marruecos en la política internacional


 

La incorporación del monarca alauí, comendador de los creyentes y presidente del Comité Al-Quds, a la iniciativa de la Administración Trump, subraya el peso político y religioso de Rabat en Oriente Medio y consolida una relación histórica con Washington marcada por la cooperación estratégica y el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara.

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La invitación cursada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al rey de Marruecos, Mohammed VI, para integrarse como miembro fundador del nuevo Consejo de Paz sobre Gaza no es un gesto protocolario ni una mera cortesía diplomática. Se trata de una decisión cargada de simbolismo político, religioso y estratégico, que confirma el papel singular que el monarca alauí desempeña en los equilibrios de Oriente Medio y en la arquitectura de alianzas que Washington intenta reconstruir en una región devastada por la guerra y la desconfianza.

El Gobierno marroquí confirmó que Mohammed VI respondió favorablemente a la invitación y que el Reino procederá a ratificar la Carta constitutiva del Consejo, una iniciativa impulsada directamente por la Casa Blanca con la ambición declarada de contribuir a los esfuerzos de paz en Oriente Medio y de ensayar un nuevo enfoque para la resolución de conflictos a escala global. La participación estará reservada a un grupo reducido de líderes internacionales, seleccionados personalmente por el presidente estadounidense, lo que refuerza el carácter político del organismo y su dependencia directa de la visión estratégica de Trump.

El perfil del monarca marroquí explica en buena medida esta elección. Mohammed VI no es solo jefe de Estado: en su condición de amir al-muminin, comendador de los creyentes, encarna una autoridad religiosa reconocida más allá de las fronteras de Marruecos. A ello se suma su presidencia del Comité Al-Quds, órgano permanente de la Organización de Cooperación Islámica encargado de la defensa del estatuto de Jerusalén y de los derechos del pueblo palestino. Esta doble legitimidad, política y espiritual, le otorga una posición singular como interlocutor entre Occidente, el mundo árabe y el islam suní moderado, un capital diplomático que Washington considera clave para cualquier intento de estabilización en Gaza.

La creación del Consejo de Paz se inscribe, además, en la segunda fase del plan global de Trump para Oriente Medio, que incluye la puesta en marcha de un Comité Nacional para la Administración de Gaza como estructura transitoria. Según los estatutos conocidos, el nuevo organismo aspira a constituirse en una organización internacional con capacidad para promover la estabilidad, restaurar la gobernanza y garantizar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos, apoyándose en la cooperación práctica y en asociaciones orientadas a resultados concretos, más que en declaraciones multilaterales de alcance limitado.

La relación entre Estados Unidos y Marruecos proporciona el trasfondo histórico de esta iniciativa. Ambos países mantienen uno de los vínculos diplomáticos más antiguos del mundo: Marruecos fue el primer Estado en reconocer la independencia estadounidense, en 1777, y desde entonces la relación ha atravesado monarquías, repúblicas, guerras mundiales y transformaciones geopolíticas profundas sin perder continuidad. En el siglo XXI, esta alianza se ha traducido en cooperación militar, acuerdos de seguridad, intercambios económicos y una coordinación política constante en el Magreb y el Sahel.

Durante el primer mandato de Trump, esa relación alcanzó un punto de inflexión con la decisión de Estados Unidos de reconocer la plena soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, convirtiéndose en el primer país en hacerlo de forma explícita. Aquel reconocimiento, es considerado por los analistas internacionales como un movimiento de alto impacto estratégico, reforzó el posicionamiento internacional de Rabat y consolidó a Marruecos como socio preferente de Washington en el norte de África, al tiempo que alteró equilibrios regionales largamente congelados.

El Consejo de Paz refleja también la voluntad de Trump de articular un directorio restringido de líderes con capacidad de decisión real. Entre los jefes de Estado y de Gobierno invitados figuran dirigentes de perfiles ideológicos muy diversos, desde potencias tradicionales hasta actores emergentes. En este marco destaca la invitación cursada al presidente argentino, Javier Milei, cuya presencia subraya la intención estadounidense de otorgar al organismo una proyección global y no exclusivamente regional.

La aceptación de Mohammed VI refuerza, por último, la narrativa de Marruecos como actor de paz. Rabat reiteró su compromiso con una solución justa, global y duradera al conflicto de Oriente Medio, basada en la creación de un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967, con Jerusalén Este como capital, conviviendo en paz con Israel. Esta posición, constante en la diplomacia marroquí, busca equilibrar la normalización de relaciones con Israel con la defensa del derecho palestino, un ejercicio de equilibrios que explica la confianza que Washington deposita en el monarca alauí.

En un contexto internacional marcado por la fragmentación del multilateralismo clásico y por la emergencia de fórmulas ad hoc impulsadas por las grandes potencias, el Consejo de Paz promovido por Trump se presenta como un experimento político de alto riesgo. La incorporación de Mohammed VI como miembro fundador no garantiza el éxito de la iniciativa, pero sí aporta una legitimidad difícil de replicar y confirma que, en la compleja ecuación de Gaza, Marruecos vuelve a ocupar un lugar central.

 

lunes, 19 de enero de 2026

Con una base naval en el Perú, Washington se posiciona en la costa latinoamericana al Pacífico Sur


 


La aprobación de un ambicioso proyecto para modernizar la Base Naval del Callao, con respaldo técnico y financiero de Estados Unidos, introduce un nuevo factor en el equilibrio estratégico del Pacífico sur. Con una inversión estimada en hasta 1.500 millones de dólares, la iniciativa se inscribe en la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense para 2025 y se interpreta como una respuesta directa al avance de China en infraestructuras críticas de América Latina.

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La costa central del Perú se ha convertido en un escenario privilegiado de la competencia geopolítica global. La decisión del Gobierno de Estados Unidos de autorizar un acuerdo de cooperación para la modernización integral de la Base Naval del Callao, principal instalación de la Marina de Guerra peruana, no solo redefine la relación bilateral en materia de defensa, sino que proyecta sus efectos mucho más allá del ámbito estrictamente militar. En un contexto de creciente rivalidad con China, Washington vuelve a poner el foco en el hemisferio occidental y, en particular, en el eje estratégico del océano Pacífico.

El proyecto, aprobado por el Departamento de Estado y notificado al Congreso estadounidense en enero de 2026, contempla una posible Venta Militar Extranjera (Foreign Military Sale, FMS) por un monto máximo de 1.500 millones de dólares. A diferencia de otros acuerdos de defensa, no se trata de la adquisición de armamento pesado ni del establecimiento formal de una base extranjera con tropas permanentes, sino de un paquete amplio de servicios y equipamiento destinados al diseño, la construcción y la modernización de infraestructuras marítimas y terrestres en el Callao. El objetivo declarado es fortalecer las capacidades logísticas y operativas de la Armada peruana, adaptándolas a los estándares contemporáneos y a las exigencias de una región cada vez más expuesta a dinámicas globales.

La iniciativa prevé una transformación profunda de la actual base naval, cuyas instalaciones se remontan en gran parte a mediados del siglo XX. La modernización apunta a reorganizar los espacios, optimizar los accesos y mejorar la funcionalidad de muelles, áreas de mantenimiento y edificios operativos. Un elemento central del plan es la reducción de la superposición entre actividades civiles y militares, un problema histórico en el Callao, donde la base naval convive con el principal puerto comercial del país. Al liberar y redistribuir áreas estratégicas, el proyecto permitiría, además, facilitar la expansión del puerto civil, clave para el comercio exterior peruano.

Desde el punto de vista técnico, el acuerdo incluye estudios de ingeniería, planificación del ciclo de vida de las instalaciones, gestión integral del proyecto y supervisión de las obras durante un período que podría extenderse hasta diez años. Para ello, está prevista la presencia en Perú de hasta una veintena de representantes estadounidenses, entre funcionarios gubernamentales y especialistas de empresas contratistas autorizadas por el Pentágono. Su rol será estrictamente técnico y de asesoramiento, según han subrayado las autoridades de Washington, que insisten en que la operación no alterará el equilibrio militar regional.

La ubicación de la base confiere al proyecto una relevancia estratégica singular. El Callao se encuentra frente a Lima, concentra la mayor parte del tráfico marítimo del país y está situado a menos de 80 kilómetros del megapuerto de Chancay, una infraestructura de escala continental impulsada y financiada por capitales chinos. Inaugurado recientemente como uno de los nodos más ambiciosos de la proyección logística de Pekín en Sudamérica, Chancay simboliza la creciente influencia económica de China en la región y su apuesta por controlar puntos neurálgicos de las rutas comerciales del Pacífico.

Es precisamente en ese contexto donde la inversión estadounidense adquiere una dimensión geopolítica más amplia. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos para 2025 identifica al hemisferio occidental como un espacio prioritario, subrayando la necesidad de contrarrestar la influencia de potencias extrahemisféricas y de asegurar que activos estratégicos no queden bajo control de competidores globales. Sin mencionar explícitamente a China en cada apartado, el documento refleja una preocupación creciente por la presencia de Pekín en infraestructuras críticas, desde puertos hasta telecomunicaciones y energía, en América Latina y el Caribe.

La modernización de la Base Naval del Callao puede leerse, así, como una respuesta indirecta pero contundente a esa expansión. Al reforzar su cooperación con Perú en el ámbito naval y logístico, Washington busca consolidar un socio estratégico en la costa pacífica sudamericana y mantener capacidad de influencia en una región donde el comercio con Asia crece de manera sostenida. La iniciativa se inscribe en una lógica más amplia de reposicionamiento estadounidense, que algunos analistas interpretan como una actualización pragmática del viejo principio de la Doctrina Monroe, adaptado a un mundo multipolar y a una rivalidad cada vez más abierta con China.

Para el Perú, el acuerdo plantea oportunidades y dilemas. Desde una perspectiva interna, la inversión promete modernizar una infraestructura clave, dinamizar sectores vinculados a la construcción y la ingeniería, y fortalecer las capacidades de su Marina de Guerra sin recurrir a la compra directa de armamento. También refuerza una relación histórica con Estados Unidos en materia de defensa, cooperación que se ha mantenido durante décadas, especialmente en áreas como la seguridad marítima y la lucha contra amenazas transnacionales.

Sin embargo, el proyecto también obliga a Lima a gestionar con cautela su política exterior. China es hoy el principal socio comercial del Perú y un actor central en su estrategia de inserción económica global. La coexistencia de una fuerte presencia china en infraestructuras portuarias civiles y de una cooperación militar reforzada con Estados Unidos convierte al litoral peruano en un espacio de equilibrio delicado, donde cualquier movimiento puede ser interpretado como un alineamiento estratégico. La tradicional aspiración peruana de mantener una política de no alineación estricta se enfrenta, así, a las tensiones propias de una rivalidad global que se expresa cada vez más en el terreno.

Las críticas no han tardado en aparecer. Algunos sectores advierten que la prolongada presencia de asesores y contratistas estadounidenses, aunque limitada en número y funciones, podría sentar un precedente para una mayor injerencia externa en asuntos de defensa. Otros señalan el riesgo de que América Latina vuelva a ser escenario de disputas entre grandes potencias, con proyectos de cooperación convertidos en piezas de un tablero geopolítico que excede las prioridades nacionales.

Con todo, la modernización de la Base Naval del Callao marca un punto de inflexión. Más que una obra de infraestructura, se trata de un símbolo del regreso de América Latina —y del Pacífico sur en particular— al centro de las preocupaciones estratégicas de Washington. En un mundo atravesado por la competencia entre Estados Unidos y China, el puerto peruano se perfila como uno de los escenarios donde esa rivalidad se materializa con mayor nitidez, anticipando una década en la que la geopolítica volverá a mirar con atención hacia las costas de Sudamérica.

 

domingo, 18 de enero de 2026

La Copa Africana de Naciones como laboratorio de seguridad y organización rumbo a la Copa Mundial de Futbol 2030


 


El despliegue sin precedentes de seguridad durante la Copa Africana de Naciones 2025 confirmó que Marruecos no solo organizó un torneo continental, sino que ejecutó un ensayo general del dispositivo que prevé aplicar en la Copa Mundial de la FIFA 2030. Tecnología avanzada, cooperación internacional y una estrategia de diplomacia deportiva impulsada directamente por Su Majestad el rey Mohammed VI sostienen la ambición del Reino de consolidarse como actor central del fútbol y la geopolítica del siglo XXI.

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La Copa Africana de Naciones (CAN) 2025 ha sido, para Marruecos, mucho más que una competición deportiva. Ha funcionado como una demostración integral de capacidad estatal, un ejercicio de planificación estratégica y un escaparate del modelo de seguridad y gobernanza que el Reino pretende proyectar a escala global de cara al Mundial de 2030, que organizará junto a España y Portugal. Detrás del fervor popular, de los estadios llenos y de la impecable logística visible para millones de telespectadores, se desplegó un entramado de seguridad de una sofisticación inédita en el continente africano.

Desde el inicio del torneo, la normalidad en las calles de Casablanca, Rabat, Marrakech o Tánger no fue fruto de la improvisación, sino de una preparación prolongada y deliberada. Las autoridades marroquíes concibieron la CAN como un banco de pruebas realista: un evento de alta exposición mediática, con flujos masivos de público y delegaciones internacionales, y con exigencias comparables a las de un Mundial. La consigna fue clara: anticipar riesgos, integrar tecnología y reforzar la cooperación internacional.

El corazón del dispositivo fue la coordinación entre la Dirección General de Seguridad Nacional (DGSN) y la Dirección General de Vigilancia del Territorio (DGST), bajo un mando centralizado que reflejó una doctrina de control estricto y supervisión directa. La implicación personal de Abdellatif Hammouchi, responsable de ambos organismos, simbolizó esa apuesta por reducir al mínimo los márgenes de error en un contexto de máxima visibilidad internacional.

La modernización previa al torneo fue profunda y estructural. La DGSN aceleró un proceso que excede la CAN: renovación de infraestructuras, actualización de protocolos y una inversión masiva en sistemas de vigilancia y análisis en tiempo real. Las principales ciudades anfitrionas quedaron cubiertas por una extensa red de cámaras inteligentes, integradas en centros de comando capaces de monitorear flujos de personas, detectar comportamientos anómalos y gestionar multitudes con criterios predictivos. El objetivo no fue solo prevenir delitos, sino también evitar incidentes logísticos que pudieran empañar la imagen del país.

Los estadios se transformaron en espacios de seguridad integral. Cada uno contó con comisarías permanentes, salas de coordinación interinstitucional y dispositivos de control de accesos que combinaron inspecciones físicas y sistemas electrónicos avanzados. La seguridad se concibió como una capa invisible, diseñada para garantizar el espectáculo sin interferir en la experiencia del público.

El factor humano fue igualmente decisivo. Miles de agentes fueron movilizados, incluidos varios miles de nuevos efectivos formados específicamente en gestión de grandes concentraciones, atención a público internacional y técnicas de desescalada. A ellos se sumaron unidades especializadas —brigadas cinotécnicas, cuerpos de caballería, patrullas urbanas reforzadas— y, por primera vez a esta escala, una cobertura sistemática mediante drones, que permitió vigilancia aérea continua en estadios, zonas de afluencia masiva y ejes de transporte.

La logística acompañó ese despliegue. Una flota ampliada de vehículos policiales, equipada con sistemas de comunicación avanzada, reforzó la presencia territorial. Incluso la identidad visual de parte de estos medios incorporó la lengua amazigh, un gesto simbólico que combinó modernización institucional y reconocimiento cultural, en línea con la narrativa de un Estado inclusivo y contemporáneo.

El control comenzó, además, mucho antes del pitido inicial. En aeropuertos y fronteras, Marruecos generalizó el uso de sistemas biométricos E-GATE, destinados a agilizar el ingreso de aficionados extranjeros sin relajar los estándares de seguridad. Este aspecto es clave de cara a 2030, cuando el volumen de visitantes será muy superior al de la CAN.

Uno de los rasgos más relevantes del operativo fue su dimensión internacional. Con motivo del torneo se activó un Centro Africano de Cooperación Policial que reunió a servicios de seguridad de los países participantes, responsables de la CAF y la FIFA, y enlaces de organismos internacionales. La cooperación con Interpol ocupó un lugar central, tanto en el intercambio de información como en la prevención de amenazas transnacionales asociadas a grandes eventos deportivos. La presencia de observadores y responsables de seguridad de países europeos y de otras sedes mundialistas subrayó el carácter de ensayo general del dispositivo.

Marruecos ejemplo de diplomacia deportiva

Este éxito operativo se inscribe en una estrategia más amplia de diplomacia deportiva impulsada por el rey Mohammed VI desde hace más de dos décadas. El desarrollo del fútbol marroquí —infraestructuras, formación, resultados deportivos— ha sido concebido por el rey Mohammed VI como una herramienta de cohesión interna y de proyección internacional. La histórica actuación de la selección en el Mundial de Catar 2022, la organización de la CAN 2025 y la designación como sede del Mundial 2030 forman parte de una misma lógica: posicionar a Marruecos como un puente fiable entre África, Europa y el mundo árabe.

La Copa Africana de Naciones confirmó esa ambición. Fue un éxito popular, organizativo, diplomático y mediático. En un contexto internacional marcado por la incertidumbre y la desconfianza, Marruecos proyectó una imagen de estabilidad, previsibilidad y competencia estatal. El mensaje, más allá del fútbol, fue inequívoco: el Reino no solo quiere acoger al mundo, sino demostrar que dispone de las capacidades institucionales para hacerlo con solvencia. En ese tablero, la seguridad —discreta, eficaz y altamente profesionalizada— se ha convertido en una de sus principales cartas.

viernes, 16 de enero de 2026

Trump abre la competencia por el Ártico


 

Las aspiraciones del presidente Donald Trump de “apropiarse” de Groenlandia no son una excentricidad ni un capricho inmobiliario. Constituyen, en realidad, el intento de Estados Unidos por asegurarse una posición estratégica dominante en el Ártico, la región que se ha convertido en el nuevo epicentro de la competencia global entre grandes potencias.

El Ártico, el termostato del planeta

El Ártico es una vasta región circumpolar de unos 140 millones de kilómetros cuadrados que rodea el Polo Norte e incluye el océano Ártico y los territorios más septentrionales de Rusia, Estados Unidos (Alaska), Canadá, Dinamarca —a través de Groenlandia—, Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia. Su delimitación no es únicamente política: suele trazarse a partir del círculo polar ártico o de la isoterma de los 10 grados centígrados en julio, que marca el umbral entre los bosques boreales y la tundra polar.

La palabra “Ártico” proviene del griego arktikós, que significa “cerca del oso”, en alusión a la constelación de la Osa Mayor, cuyas estrellas apuntan hacia la Estrella Polar.

Desde el espacio, el Ártico aparece como una inmensa cúpula blanca. Pero bajo esa apariencia inmóvil se oculta uno de los sistemas más dinámicos y frágiles del planeta. En su mayor parte es un océano cubierto por una banquisa —una costra flotante de hielo marino—, rodeado de extensas áreas de permafrost, un suelo pantanoso permanentemente congelado que encierra enormes cantidades de carbono y metano.

Esa combinación convierte a la región en una pieza clave del equilibrio climático global. El hielo refleja la radiación solar hacia el espacio, regula las corrientes oceánicas y atmosféricas y actúa como un gigantesco refrigerador natural de la Tierra.

Por eso los científicos lo describen como un “sistema de alerta temprana”. Cuando el Ártico eleva su temperatura —y hoy lo hace hasta cuatro veces más rápido que el promedio global—, el planeta entero lo siente en forma de olas de calor más intensas, tormentas extremas y alteraciones en los regímenes de lluvias.

Un tesoro bajo el hielo

El retroceso del hielo está transformando esta región remota en un territorio cada vez más codiciado. Bajo el lecho marino y las plataformas continentales árticas se concentra una parte sustancial de los recursos energéticos y minerales aún sin explotar del mundo. Estimaciones ampliamente citadas indican que el Ártico podría albergar cerca de un tercio de las reservas globales no descubiertas de petróleo y gas, además de minerales estratégicos como oro, cobre y tierras raras.

A esa riqueza se suma una revolución geográfica. El deshielo está abriendo rutas marítimas que hasta hace poco eran impracticables. El Paso del Noroeste, a través del archipiélago canadiense, y la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa rusa, permiten acortar miles de kilómetros entre Europa y Asia. Un buque que hoy atraviesa el canal de Suez o rodea África podría, en un futuro no tan lejano, podrá cruzar el océano Ártico, reduciendo semanas de navegación y millones de dólares en combustible.

La ruta polar es, además, hasta un 40 % más corta y discurre por aguas más profundas que la del canal de Panamá, lo que permite transportar mayores cargas, disminuir costes operativos y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, esta reconfiguración de los flujos comerciales por el extremo norte tiene efectos colaterales en lugares tan distantes como Egipto y Panamá, que ven amenazados los ingresos derivados de sus canales interoceánicos.

En un mundo marcado por tensiones geopolíticas y cadenas de suministro frágiles, el control de estas rutas no es solo una cuestión comercial: se trata de un activo estratégico de primer orden en caso de conflicto armado.

La arquitectura diplomática del Norte

Para gestionar este espacio en transformación nació el Consejo Ártico. Su origen se remonta a 1991, cuando los ocho Estados árticos firmaron la Estrategia para la Protección del Medioambiente Ártico y se convirtieron en miembros de pleno derecho. Trece Estados más participan como observadores permanentes y reconocen la soberanía y jurisdicción de los países ribereños. China, Japón e India, por ejemplo, desarrollan expediciones científicas, aunque deben solicitar autorización para realizarlas. China incluso mantiene una base científica en el archipiélago noruego de Svalbard, el asentamiento habitado más septentrional del planeta.

Cinco años después, la Declaración de Ottawa de 1996 creó formalmente el Consejo como un foro intergubernamental destinado a promover la cooperación, la coordinación y la participación de los pueblos indígenas, especialmente en asuntos vinculados al desarrollo sostenible y la protección ambiental.

El Consejo no es una alianza militar ni un organismo con poder coercitivo. Durante años simbolizó el llamado “excepcionalismo ártico”: la idea de que, pese a las rivalidades globales, el Ártico debía mantenerse como un espacio de cooperación científica y diplomática. Ese espíritu, sin embargo, se ha ido erosionando a medida que el hielo retrocede y la geopolítica avanza.

La capacidad del Consejo para garantizar la cooperación regional alcanzó su punto más bajo en 2022, pocas semanas después de la invasión rusa de Ucrania. Los otros siete miembros suspendieron entonces su participación. A comienzos de 2024, las ocho partes acordaron retomar los contactos, aunque solo por videoconferencia. Aunque persiste la necesidad de coordinar políticas comunes, la desconfianza respecto de las intenciones expansionistas de Rusia sigue marcando el clima.

El impacto del cambio climático

El deshielo es el motor de casi todas las transformaciones que sacuden hoy al Ártico. La reducción de la banquisa, el derretimiento acelerado de la capa de hielo de Groenlandia y la descongelación del permafrost no solo alteran los ecosistemas locales —desde el zooplancton hasta los osos polares—, sino que también reconfiguran el tablero estratégico.

A medida que el hielo desaparece, áreas antes inaccesibles se vuelven navegables y explotables. Al mismo tiempo, la liberación de metano y la pérdida de superficies reflectantes amplifican el calentamiento global, en un círculo vicioso que convierte al Ártico en uno de los principales aceleradores del cambio climático.

Las consecuencias no se limitan al extremo norte. Regiones tan distantes como las islas Maldivas, Bangladés o los Países Bajos enfrentan riesgos crecientes de inundación debido al aumento del nivel del mar. Estas repercusiones subrayan que el problema del Ártico es global y no meramente regional.

Una carrera por la soberanía

La apertura física del océano ha desatado una carrera jurídica y científica por definir quién es dueño de qué. En el Ártico confluyen las plataformas continentales de cinco países —Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega y Estados Unidos— como los gajos de una naranja en torno al Polo Norte.

Según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, cada Estado puede reclamar derechos sobre el fondo marino si demuestra que su plataforma continental se extiende más allá de las 200 millas náuticas.

Rusia fue la más audaz. En 2001 reclamó casi la mitad del océano Ártico y, en 2007, una expedición científica colocó una bandera rusa en el fondo del mar, sobre la dorsal de Lomonósov. Moscú sostiene que esa cadena montañosa submarina es una prolongación natural de Siberia y presentó sus argumentos ante la ONU.

Dinamarca, a través de Groenlandia, intenta demostrar lo mismo: que la dorsal de Lomonósov está geológicamente unida a la isla y que, por tanto, el Polo Norte podría pertenecerle. Canadá prepara estudios similares, mientras que Estados Unidos —paradójicamente— ve limitada su posición por no haber ratificado la Convención del Mar, una omisión que deja a Washington en desventaja frente a sus rivales.

En paralelo, los países despliegan expediciones científicas, rompehielos, satélites y bases de investigación que cumplen una doble función: generar conocimiento y consolidar presencia.

Groenlandia, la pieza clave

En ese contexto, Groenlandia emerge como el pivote estratégico del Ártico. La isla, territorio autónomo bajo soberanía danesa, se proyecta tanto sobre el Atlántico Norte como sobre el océano Ártico y controla el acceso entre América del Norte y Europa. Desde allí es posible vigilar el tráfico marítimo, desplegar sistemas de alerta temprana y proyectar poder militar sobre una región cada vez más transitada.

Es en esa lógica —más que en una fantasía de conquista— donde encajan las declaraciones de Donald Trump sobre la posibilidad de que Estados Unidos “adquiera” Groenlandia. En la nueva geopolítica del hielo que se derrite, quien controle los nodos del Ártico dominará una de las arterias estratégicas del siglo XXI.

El nuevo Mediterráneo polar

Como subraya Tim Marshall en Prisioneros de la geografía, las potencias no pueden escapar a la tiranía del mapa. Y el mapa del Ártico está cambiando. Lo que durante la Guerra Fría fue un océano congelado, patrullado en silencio por submarinos nucleares, se encamina a convertirse en un “Mediterráneo polar”: una cuenca de tránsito, comercio y rivalidad estratégica entre Estados Unidos, Rusia, China y Europa.

La paradoja es que este nuevo protagonismo nace de una catástrofe climática. El deshielo que abre rutas y libera recursos es el mismo que amenaza con elevar el nivel del mar, alterar las corrientes oceánicas y desestabilizar el clima global. El Ártico, ese extremo helado del planeta, se ha convertido así en el espejo más nítido de nuestro tiempo: un lugar donde la crisis ambiental y la ambición geopolítica avanzan de la mano.

 

lunes, 12 de enero de 2026

Groenlandia, la isla que puede incendiar el orden mundial




El interés de Donald Trump por anexionar el territorio autónomo danés no es una excentricidad ni una maniobra electoral: es el síntoma más nítido de cómo el Ártico se ha convertido en el nuevo centro de gravedad de la rivalidad entre las grandes potencias y de cómo Estados Unidos está dispuesto a poner en cuestión las reglas del sistema internacional para asegurarse su control.

 

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En los mapas escolares, Groenlandia aparece como una vasta extensión blanca, remota y casi vacía. En los despachos de Washington, Moscú y Pekín, en cambio, esa isla helada se ha convertido en uno de los territorios más codiciados del planeta. El renovado interés de la Administración Trump por hacerse con ella —incluso por vías que rozan abiertamente la coerción— revela hasta qué punto el Ártico ha dejado de ser una periferia geográfica para transformarse en uno de los grandes escenarios de la política mundial del siglo XXI.

Groenlandia es, en términos físicos, un coloso. Con más de dos millones de kilómetros cuadrados, es la mayor isla del mundo, aunque casi el 80% de su superficie esté cubierto por una capa de hielo de varios kilómetros de espesor. En ella viven apenas 56.000 personas, en su mayoría inuit, concentradas en la franja costera del suroeste. Políticamente, se trata de un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca que, desde 2009, gobierna sus asuntos internos y controla sus recursos naturales, mientras que Copenhague conserva la política exterior y la defensa. En el papel, es una periferia del Estado danés. En la práctica, es una pieza central del tablero geopolítico global.

La razón de ese interés es doble. Por un lado, su ubicación. Groenlandia se sitúa en el vértice entre América del Norte, Europa y el océano Ártico. Forma parte del corredor estratégico GIUK —Groenlandia, Islandia y Reino Unido— que desde la Guerra Fría constituye una barrera natural para vigilar el tránsito de submarinos y flotas rusas desde el Ártico hacia el Atlántico Norte. Quien controle ese corredor controla una de las arterias vitales de la seguridad euroatlántica. Por otro lado, su subsuelo y sus mares esconden una riqueza cada vez más accesible: hidrocarburos, hierro, uranio y, sobre todo, tierras raras, minerales imprescindibles para la industria tecnológica, las baterías, las energías renovables y los sistemas de defensa de última generación.

El calentamiento global ha multiplicado ese valor estratégico. A medida que el hielo retrocede, se abren nuevas rutas marítimas que prometen acortar miles de kilómetros los trayectos entre Asia, Europa y América del Norte. El Ártico, durante siglos un desierto congelado, empieza a parecerse a un nuevo Mediterráneo del norte, un espacio de tránsito, comercio y, inevitablemente, de competencia militar. En ese contexto, Groenlandia es una plataforma natural desde la cual proyectar poder sobre ese océano emergente.

Los Estados Unidos lo saben desde hace décadas. Durante la Segunda Guerra Mundial ocuparon la isla para impedir que cayera en manos de la Alemania nazi y, desde entonces, nunca se ha retirado del todo. Hoy mantiene en la Base Espacial Pituffik —la antigua Thule— uno de los pilares de su sistema de alerta temprana de misiles balísticos y de vigilancia espacial, integrado al mando del NORAD. Desde allí se monitorean posibles lanzamientos desde Rusia y se sigue el tráfico de satélites y objetos en órbita, un recordatorio de que, en la era nuclear y espacial, Groenlandia es una atalaya insustituible.

Pero el interés de Donald Trump va más allá de lo estrictamente militar. En un mundo marcado por la rivalidad con China, asegurar el acceso directo a las tierras raras de Groenlandia equivale a reducir una dependencia estratégica de Pekín, que hoy domina buena parte de esas cadenas de suministro. Y en un momento en que Rusia refuerza su presencia militar en el Ártico y China se autodefine como “Estado cercano al Ártico” para justificar su expansión económica en la región, Washington percibe la soberanía danesa sobre Groenlandia como una anomalía geopolítica, una grieta en un espacio que considera vital para su seguridad.

No es casual que Jorge Castro, haya resumido esta pulsión señalando que el interés de Trump por Groenlandia no es un capricho, sino una consecuencia directa del calentamiento global y del desplazamiento del eje estratégico hacia el Ártico

Donde el hielo se derrite, surgen nuevas fronteras de poder.

El problema es que la forma en que la Administración Trump plantea su ambición supone una ruptura con las reglas que los Estados Unidos ayudaron a construir tras 1945. El principio de integridad territorial y la prohibición del uso de la fuerza para adquirir territorios son pilares del derecho internacional. Si Washington los vulnera para anexionar o someter a Groenlandia, el golpe no sería solo jurídico, sino político y simbólico: la potencia que se erigió en garante del orden liberal pasaría a ser uno de sus principales infractores.

Las consecuencias se sentirían mucho más allá del Ártico. Rusia encontraría en ese precedente un argumento perfecto para legitimar sus anexiones en Ucrania, desde Crimea hasta los territorios ocupados del Donbás. Israel podría invocar la misma lógica para consolidar una ocupación indefinida de Gaza. El mensaje sería claro: las fronteras ya no las definen las normas, sino la correlación de fuerzas.

La OTAN, además, quedaría al borde de una crisis existencial. Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, uno de los miembros fundadores de la Alianza Atlántica. Una anexión estadounidense equivaldría a que un aliado despoja a otro de parte de su territorio. Incluso sin un conflicto armado, la confianza política que sostiene a la OTAN se vería gravemente dañada. ¿Qué valor tendría la cláusula de defensa colectiva si el agresor es el principal garante militar de la propia alianza?

Las declaraciones de Trump, de su vicepresidente J. D. Vance y de su secretario de Estado Marco Rubio apuntan en la misma dirección. El presidente ha definido Groenlandia como una “necesidad absoluta” para la seguridad estadounidense y no ha descartado el uso de la fuerza para obtenerla. Vance ha ido más lejos al presentar el orden internacional liberal como un obstáculo para la defensa de los intereses vitales de Estados Unidos. Rubio, con un tono más diplomático, ha dejado claro que la soberanía y el derecho internacional no pueden anteponerse a lo que Washington considere su seguridad estratégica. Es una visión del mundo de zonas de influencia, de realpolitik desnuda, que recuerda más a los repartos imperiales del siglo XIX que al multilateralismo de la posguerra.

En el corto plazo, lo más probable no es una invasión, sino una presión creciente sobre Dinamarca y sobre el propio gobierno groenlandés. Inversiones, acuerdos de seguridad, promesas de prosperidad y una intensa campaña de influencia pueden convertir a la isla en un protectorado de facto de Estados Unidos sin necesidad de cambiar formalmente su estatus. Pero incluso ese camino erosionaría el delicado equilibrio político de la región y la credibilidad internacional de Washington.

Groenlandia, esa inmensa extensión de hielo y minerales, se ha convertido así en algo más que un territorio remoto. Es un espejo del mundo que emerge: un orden internacional cada vez menos regido por normas y cada vez más por la fuerza. Lo que ocurra en sus fiordos y en sus bases militares puede anticipar, mejor que ningún discurso, cómo será la política global en los años que vienen.

 

viernes, 9 de enero de 2026

Irán en el ojo de la tormenta



Durante décadas, la República Islámica logró contener el descontento mediante una combinación de represión, control social y una narrativa ideológica que prometía justicia, independencia y dignidad frente a Occidente. En enero de 2026, ese andamiaje se encuentra peligrosamente erosionado. Las protestas que sacuden Irán ya no son una simple reacción emocional ni un estallido sectorial: son la expresión de un colapso económico, político y moral que se extiende por todo el país.

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Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre de 2025 en el corazón simbólico del poder económico iraní, el Gran Bazar de Teherán. Comerciantes tradicionalmente leales al régimen cerraron sus tiendas y salieron a la calle cuando el Banco Central eliminó el tipo de cambio preferencial para importadores, lo que disparó de un día para otro el precio de productos básicos como el pollo, el aceite y el arroz. El rial, ya debilitado, se desplomó hasta rondar los 1,4 millones por dólar, pulverizando salarios y ahorros. En cuestión de horas, la protesta económica se transformó en una impugnación política.

Hoy, más de cien ciudades y pueblos, desde las grandes metrópolis como Teherán, Mashhad y Shiraz hasta localidades rurales y provincias kurdas del oeste, han sido escenario de manifestaciones. Organizaciones de derechos humanos estiman que al menos entre 38 y 45 personas han muerto, centenares han resultado heridas y más de 2.000 han sido detenidas. Los medios estatales apenas reconocen cifras parciales y hablan también de bajas entre las fuerzas de seguridad, lo que confirma que el nivel de violencia es elevado y sostenido.

El trasfondo de esta rebelión es una economía devastada. La inflación anual supera el 42 por ciento y en algunos rubros esenciales, como alimentos, alcanza cifras cercanas al 70 por ciento. La sequía más grave en seis décadas ha reducido la producción agrícola y obligado al racionamiento del agua. Las sanciones de Estados Unidos y de Naciones Unidas, reimpuestas tras los ataques a instalaciones nucleares iraníes en 2025, han congelado activos, paralizado transacciones y reducido las exportaciones de petróleo. A todo ello se suma una corrupción estructural que ha creado una élite obscenamente rica en medio de una sociedad cada vez más empobrecida.

Lo que distingue a estas protestas de otras anteriores es su composición social y su tono político. A diferencia de 2022, cuando la muerte de Mahsa Amini encendió una revuelta liderada por mujeres y jóvenes urbanos, ahora el núcleo inicial lo formaron comerciantes, trabajadores y sectores populares golpeados por la inflación. Cuando el bazar, históricamente aliado del clero, se subleva, el régimen pierde uno de sus pilares tradicionales. Y cuando en las calles se escucha no solo “muerte al dictador” sino también “Pahlavi volverá”, la crisis deja de ser coyuntural para convertirse en existencial.

La respuesta del poder ha sido la esperada. La policía, la milicia Basij y la Guardia Revolucionaria han utilizado gas lacrimógeno, munición real, detenciones selectivas y asaltos a hospitales para capturar a manifestantes heridos. Paralelamente, el régimen ha impuesto un apagón digital que redujo drásticamente el acceso a internet y telefonía móvil, una táctica recurrente para aislar a la población antes de una represión más amplia. El líder supremo, Ali Jamenei, de 86 años, ha calificado a los manifestantes de “alborotadores” y ha dejado claro que el Estado no dudará en emplear la fuerza. El presidente Masoud Pezeshkian, de perfil reformista, intenta mantener una fachada de moderación, llamando al diálogo y anunciando subsidios en efectivo que resultan insignificantes frente al derrumbe del poder adquisitivo.

Desde el exterior, la presión se intensifica. Donald Trump ha advertido que Estados Unidos “golpeará muy duro” si Teherán masacra a manifestantes pacíficos, mientras la Unión Europea ha expresado su respaldo al “valiente pueblo de Irán”. Israel, que hace solo meses bombardeó territorio iraní, observa con atención un estallido interno que podría cambiar el equilibrio regional.

En este clima ha reaparecido con fuerza la figura de Reza Pahlavi, hijo del último sha. Exiliado desde la Revolución Islámica de 1979, Pahlavi se presenta como un líder secular, liberal y prooccidental, capaz de encarnar una transición ordenada. No propone explícitamente restaurar una monarquía absoluta, sino más bien una monarquía constitucional o un proceso que desemboque en una república democrática. Sus mensajes, amplificados por canales satelitales y redes sociales, han sido seguidos dentro de Irán por millones de personas, como demuestran los cánticos y los llamados coordinados a gritar desde las ventanas a una hora determinada. Para muchos iraníes, Pahlavi no simboliza tanto nostalgia monárquica como la memoria de un Estado laico, económicamente integrado al mundo y sin la tutela clerical.

Sin embargo, Pahlavi no es la única figura posible en un escenario de transición. En las cárceles iraníes se encuentran dirigentes reformistas de larga trayectoria como Mostafa Tajzadeh, antiguo viceministro del Interior, que ha pedido abiertamente la abolición de la teocracia y una reestructuración democrática del sistema. Fuera del país, activistas de derechos humanos como Narges Mohammadi, premio Nobel de la Paz, se han convertido en símbolos de resistencia cívica. En el ámbito religioso, algunos clérigos disidentes de Qom han criticado la corrupción y la instrumentalización del islam por parte del régimen. Ninguno de ellos tiene hoy una estructura política organizada, pero todos representan semillas de una alternativa.

La gran incógnita es el comportamiento de las fuerzas armadas y de la Guardia Revolucionaria. Con más de medio millón de efectivos combinados y enormes intereses económicos, estos cuerpos son el verdadero sostén del sistema. Si permanecen cohesionados, el régimen puede sobrevivir incluso a una ola de protestas masivas. Pero si una parte significativa decide no disparar o negociar una salida, la República Islámica podría colapsar con sorprendente rapidez.

En un primer horizonte posible, el régimen logra imponer el orden a sangre y fuego. El apagón digital se convierte en un cierre casi total, los líderes informales son arrestados o ejecutados, y las calles quedan bajo control militar. Irán seguiría existiendo como Estado, pero transformado en una fortaleza sitiada, aún más aislada y dependiente de la coerción, con una economía todavía más degradada y una población profundamente resentida.

En otro escenario, más probable a medio plazo, la crisis se prolonga. Las protestas no desaparecen del todo, sino que entran y salen en oleadas, erosionando la autoridad del Estado y agravando la fuga de capitales y cerebros. La República Islámica se convertiría en una suerte de Estado fallido funcional, incapaz de ofrecer prosperidad ni legitimidad, sostenido únicamente por la fuerza y por alianzas externas frágiles con Rusia o China.

Existe también la posibilidad de una ruptura histórica. Si el deterioro económico se vuelve insoportable, si las sanciones se endurecen y si una parte de las élites militares o religiosas decide que Jamenei y el sistema ya no son sostenibles, podría abrirse un proceso de transición. En ese contexto, figuras como Reza Pahlavi, Tajzadeh o Mohammadi podrían converger en un frente amplio que conduzca a un referéndum o a una asamblea constituyente. La restauración de la dinastía Pahlavi no sería automática ni segura, pero el solo hecho de que se grite su nombre en las calles de Irán ya indica que el monopolio simbólico de la Revolución Islámica se ha roto.

Lo que ocurre hoy en Irán es, en esencia, una lucha entre un régimen envejecido y una sociedad agotada. La economía ha desnudado la fragilidad de una teocracia que durante décadas se presentó como invencible. Puede que los ayatolás sobrevivan a esta tormenta, pero incluso si lo hacen, ya no gobernarán el mismo país. El miedo, que fue su principal aliado, ha comenzado a disiparse, y cuando eso ocurre, la historia suele acelerarse.

Un sunami que amenaza a todo Medio Oriente

Si el régimen iraní colapsara o entrara en una transición profunda, el impacto no se limitaría a las fronteras del país. Irán no es solo un Estado nacional: es el centro ideológico, financiero y militar de un sistema de poder regional construido durante cuatro décadas por la República Islámica. Hezbollah en Líbano, las milicias chiíes de Irak, los hutíes en Yemen y buena parte de la arquitectura militar del régimen sirio dependen, en distinto grado, de Teherán para su financiamiento, su entrenamiento, su armamento y su legitimidad religiosa. La caída del poder clerical en Irán sería, para todos ellos, un golpe existencial.

Hezbollah, el actor no estatal más poderoso de Medio Oriente, ha sido históricamente la joya estratégica de Irán. Sin el flujo constante de dinero, armas y asesoramiento que proviene de la Guardia Revolucionaria, su capacidad para sostener una confrontación prolongada con Israel se vería severamente reducida. Más aún, su narrativa de “resistencia islámica” perdería parte de su sustento ideológico si el propio régimen que la promovió es derrocado por su pueblo. En Irak, donde decenas de milicias chiíes operan bajo la tutela informal de Teherán, un colapso iraní podría provocar una fragmentación caótica, con grupos que busquen autonomía, alianzas con potencias regionales rivales o incluso una integración forzada en el Estado iraquí.

En Yemen, los hutíes también quedarían debilitados. Su guerra contra Arabia Saudí y sus ataques contra el tráfico marítimo en el mar Rojo dependen en gran medida del apoyo iraní, tanto material como político. Un Irán en transición, concentrado en sus propias crisis internas y en normalizar relaciones con Occidente, difícilmente podría sostener esa proyección de poder. El conflicto yemení podría entonces entrar en una fase de negociación real, algo que hasta ahora ha sido bloqueado por el respaldo estratégico de Teherán a los rebeldes.

El equilibrio de poder en Medio Oriente cambiaría de manera profunda. Israel vería disminuir la presión de su principal enemigo indirecto y podría enfrentar a Hezbollah y a Hamás en un contexto menos hostil. Arabia Saudí y los Estados del Golfo, que durante años han vivido bajo la sombra de la expansión iraní, ganarían margen para consolidar su influencia. Turquía, por su parte, intentaría ocupar parte del vacío geopolítico en Siria, el Cáucaso y Asia Central. Estados Unidos y Europa, finalmente, tendrían una oportunidad histórica para integrar a Irán en un sistema de seguridad regional más estable.

Pero este reordenamiento no estaría exento de riesgos. La desarticulación del eje iraní podría provocar guerras internas dentro de las milicias, luchas por el control de rutas de contrabando y territorios estratégicos, e incluso nuevos conflictos civiles en países ya frágiles como Irak, Líbano o Yemen. La caída de un poder hegemónico raramente produce una paz inmediata; más bien abre un período de incertidumbre en el que actores locales y regionales compiten por redefinir el mapa.

Lo que está en juego en las calles de Teherán, por tanto, no es solo el futuro de la República Islámica, sino el de todo el sistema político y militar que Irán ha construido desde 1979. Si ese sistema se derrumba, Medio Oriente entrará en su transformación más profunda desde el final de la Guerra Fría. Y por primera vez en décadas, ese cambio no estaría impulsado por ejércitos extranjeros, sino por la presión de una sociedad iraní que ha decidido desafiar al poder que durante una generación la gobernó con miedo y dogma.

 

 

jueves, 8 de enero de 2026

El Plan de Paz de la Administración Trump para Venezuela, una propuesta audaz


 

La Administración del presidente Donald Trump ha presentado ante el mundo una hoja de ruta estratégica para Venezuela tras la captura del presidente Nicolás Maduro y la instauración de un gobierno interino bajo supervisión estadounidense.

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La propuesta, estructurada oficialmente en tres fases —estabilización, recuperación y transición política—, apunta a consolidar el control de Washington sobre el país caribeño, reorganizar su economía devastada y, finalmente, encaminarlo hacia un sistema democrático. Pero la ambición del plan se enfrenta ya a cuestionamientos prácticos y políticos que ponen en duda su viabilidad y sus efectos en la sociedad venezolana.

Una estrategia tripartita con el petróleo como eje

Según declaró el secretario de Estado, Marco Rubio, a principios de enero de 2026, la primera fase consiste en “estabilizar” Venezuela para evitar que el vacío de poder tras la captura de Maduro lleve al país al caos social y económico. El control del sector petrolero —el corazón de la economía venezolana— es el instrumento central de esta etapa: Washington ha incautado decenas de millones de barriles de crudo retenidos y planea venderlos en los mercados internacionales bajo su supervisión, manteniendo los ingresos en cuentas controladas por Estados Unidos para “beneficio del pueblo venezolano” y no de funcionarios corruptos o de grupos armados.

La segunda fase, denominada recuperación, supone atraer inversión extranjera —especialmente de empresas estadounidenses y occidentales— para rehabilitar infraestructura crítica, reconstruir servicios básicos y reinsertar a Venezuela en la economía global. Paralelamente, Rubio ha señalado que se comenzaría un proceso de reconciliación interna, que podría incluir amnistías y la liberación de presos políticos, algo que ha comenzado en el día de hoy, y el retorno de exiliados.

La última etapa, la transición política, sería el momento en que se transferiría gradualmente la autoridad a actores venezolanos mediante un proceso que todavía no ha sido detallado de manera pública. Esta fase pretende culminar con elecciones democráticas y con un sistema de gobierno legítimo reconocido internacionalmente.

Rubio ha señalado que algunas actividades económicas y políticas de la segunda y tercera fase podrían solaparse temporalmente, dejando abierta la posibilidad de que las transiciones no sean estrictamente secuenciales sino, en cierta medida, simultáneas.

¿Un plan realista o un armazón sin base local?

La implementación práctica de esta estrategia enfrenta obstáculos profundos. En primer lugar, aunque el gobierno interino de Delcy Rodríguez ha mostrado una aparente cooperación con Washington, figuras de la cúpula chavista que aún detentan poder real dentro del aparato militar e institucional venezolano podrían rechazar categóricamente la entrega de control político y económico. Rodríguez misma ha negado que Venezuela sea colonia y ha exigido la liberación de Maduro, al tiempo que el chavismo moviliza estructuras de poder residual en Caracas.

Además, varios de los altos jerarcas chavistas siguen requeridos por la justicia estadounidense por cargos relacionados con narcotráfico y terrorismo, un factor que complica cualquier negociación de cara a su participación en un proceso de transición que, por definición, exige ciertas garantías de legitimidad e inclusión. La reticencia de estos actores a aceptar un plan sujetado a condiciones judiciales estrictas y a la supervisión de Estados Unidos podría estancar la agenda antes de que se consolide.

Desde el punto de vista económico, la idea de controlar indefinidamente las exportaciones petroleras venezolanas ha sido criticada como una forma de neo-protectorado económico que podría generar rechazo popular y resistencia tanto dentro como fuera de los sectores tradicionales. Expertos advierten que el proceso de reconstrucción de la industria petrolera —de infraestructura colapsada y con capacidad de producción reducida drásticamente— demandará inversiones a largo plazo, no solo gestión administrativa.

Una oposición dividida ante el control estadounidense

La reacción de la oposición venezolana no ha sido monolítica. Sectores importantes, incluyendo figuras prominentes que han abogado por elecciones libres y supervisadas internacionalmente, han expresado cautela ante un plan que —aunque promete democracia— mantiene al chavismo en el poder durante un tiempo indefinido y con influencia decisiva de actores externos. Algunos líderes opositores han advertido que un proceso supervisado desde Washington podría ser percibido como una sustitución de una hegemonía por otra, más que como un retorno genuino de soberanía al pueblo venezolano.

Organizaciones opositoras han señalado también que el tiempo político de Venezuela no puede estar sujeto estrictamente a los ritmos de la Casa Blanca y que la expectativa de elecciones y de normalización debe ser gestionada desde adentro del país, no impuesta desde el exterior. Este escepticismo pone en entredicho la tercera fase del plan: sin respaldo doméstico amplio, cualquier intento de transición podría fracasar o, en el peor de los casos, reavivar tensiones que desemboquen en violencia.

Conclusión: ¿transición, ocupación o transición bajo tutela?

El plan de tres fases de la Administración Trump representa un enfoque audaz y profundamente intervencionista que busca combinar estabilidad económica, reforma institucional y transición política en Venezuela. Sin embargo, la falta de detalles operativos, la resistencia de sectores chavistas con poder de facto, las ambigüedades sobre la secuencia de fases y el escepticismo de la oposición venezolana plantean serias dudas sobre su implementación exitosa.

Más allá de la retórica de apoyo democrático, el desafío central será responder a una pregunta crucial: ¿puede Estados Unidos diseñar una salida que devuelva el protagonismo al pueblo venezolano sin reproducir dinámicas de dominación externa? La respuesta a esa pregunta marcará no solo el destino inmediato de Venezuela, sino también el legado histórico del plan que hoy se debate en Washington y Caracas.